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Page 1

INTRODUCCION
· AL ANTIGUO
rrESTAMENTO
Werner H. Schn1idt

SK',I.B,E

H u

Page 2

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS BÍBLICOS

36

Otras obras en la colección
Biblioteca de estudios bíblicos:

G. von Rad, Estudios sobre el AT (BEB, 3).
G. von Rad, Teología del AT, 1-II (BEB, lÍ-12) .
G. von Rad, El libro del Génesis (BEB , 18).
S. Hermann, Historia de Israel (BEB, 23).
M. Noth, Estudios sobre el AT (BEB, 44).
H. J. Kraus, Teología de los salmos (BEB, 52).

WERNER H. SCHMIDT

SEGUNDA EDICION

EDICIONES SIGUEME
SALAMANCA

1990

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32 Panorama del antiguo testamento y de su historia

tamia experimentan una decadencia de su poder, más o menos
en el tránsito del último período de la edad de bronce a la edad
de piedra, los antepasados seminómadas de Israel penetraron en
Palestina y se organizaron en tribus. Este proceso de inmigra-
ción, que suele denominarse con expresión deliberadamente
neutral «toma de la tierra» (A. Alt), apenas tuvo un carácter be-
licoso (contra lo expresado en Jos 1-12); Israel no fue conquis-
tando todo el país bajo la guía de un jefe común; fue más bien
un proceso fundamentalmente pacífico, estratificado y pro-
bablemente de larga duración, que realizó el tránsito gradual a
la vida sedentaria.

La diversidad de situaciones que se creó entre las distintas zonas se re-
vela en algunos incidentes que aparecen relatados de modo más o me-
nos fortuito: la tribu de Dan, que intentaba asentarse en Palestina
central, fue desplazada a la parte más septentrional (Jue 1 34; 13 2.25; 17 s;
Jos 19 40 s). También las tribus de Rubén (cf. Jos 15 6; 18 11; Jue 5 15 s),
Simeón y Leví (Gén 34; 49 5 s) parece ser que se establecieron en un
principio en Palestina central.
La tribu de Isaac («jornalero» significa su nombre) pudo adquirir su
derecho de asentamiento, probablemente, al precio de ciertas presta-
ciones de servicio obligatorio a las ciudades cananeas (cf. Gén 49 14 s;
también Jue 5 17).

La migración de los distintos grupos se produjo presumible-
mente desde diversas direcciones. Quizá Judá (alrededor de Be-
lén) se pobló con grupos del sur (cf. Núm 13 s); y Palestina
central, incluyendo las zonas de Benjamín y de la «casa de Jo-
sé», con grupos procedentes del este (Jos 2 s). En cualquier ca-
so, la colonización tuvo lugar primero en las zonas montañosas
poco pobladas (cf. Jos 17 16; Jue 1 19.34). Las áreas fortificadas
de las llanuras, ciudades-estado políticamente independientes,
que gozaban de una superioridad bélica gracias a los carros de
combate, no podían ser conquistadas, como indica muy signifi-
cativamente Jue 1 21.21 s en su reconstrucción de la historia pri-
mitiva de Israel.

De este modo se formaron cuatro zonas de asentamiento po-
co vinculadas entre sí: los dos centros «casa de José» en Palesti-
na central y Judá al sur, y los dos territorios, más marginales,
del norte de Galilea (Aser, Zabulón, Neftalí e Isacar) y del este

Epocas de la historia de Israel 33

del Jordán (Rubén, Gad). Entre las tres zonas habitadas del oes-
te del Jordán avanzaban un cinturón nórdico de ciudades-estado
cananeas, atravesando la llanura de Jezrael (Jue 1 21; Jos 17 14),
y otro meridional, que se extendía desde Jerusalén hacia el oeste
(Jue 1 21.29.35). Pero este pasillo apenas representaba una verda
dera separación de «Israel».

En cualquier caso, durante el tiempo, algo tardío, de los jueces pudo
haber comunicación de personas o de tribus procedentes de Palestina
central y de Galilea (Jue 4 s; 6 s). ¿Existían también relaciones con Ju-
dá en el sur? (cf. Jos 7 1.16; 15 16 con Jue 3 9; eventualmente 12 8)?

A la toma de la tierra, concluida alrededor del siglo XII
a.C., siguió la progresiva organización del país. Este período,
en el que «Israel se impuso» (Jue 1 28), es el que se caracteriza
en buena medida por los confrontamientos bélicos con las
ciudades-estado cananeas, especialmente en la batalla de Débora
(Jue 4 s; cf. 1 11.22 s; Jos 10 s; Núm 21 21 s; también Gén 34).
Las tribus redujeron a servidumbre a los cananeos (Jue 1 28 s;
Jos 9), para integrarlos paulatinamente; de este modo Israel pu-
do asumir las ideas religiosas de la población nativa.

¿No asumieron también los métodos cananeos de la agricul-
tura? (cf. Sal 126 5 s). La lluvia bienhechora y la fecundidad del
suelo ¿no eran un don de los dioses del país, sobre todo del dios
Baal? Pero el carácter exclusivista de la fe en Yahvé sólo
permitía una solución, que se impuso al cabo de mucho tiempo:
Yahvé es dueño de las estaciones del año (Gén 2 5; 8 21 1; 1 Re
17 s; Os 2 y passim). Israel asimilaría las fiestas agrarias que vio
practicar en los santuarios del país, como Betel o Siló (Jue 9 27 ;
21 19 s; cf. Ex 23 14 s).

La canción de Débora (Jue 5) celebra la victoria de una
coalición de tribus con la ayuda de Yahvé, en la llanura de
Jezrael, contra las ciudades cananeas. También en otros casos
de necesidad se unieron las tribus limítrofes (cf. 7 23 s) para la
«guerra de Yahvé» bajo la guía de un «juez» carismático, bien
contra los ataques de enemigos vecinos, como los amonitas (Juc
11; 1 Sam 11), bien contra la invasión de tribus hostiles, como
los madianitas (Jue 6 s; cap. 11 3 b).

Las tribus vecinas se reunían, aparte las ocasiones de guerra,
para el culto común en diversos santuarios (cf. Dt 33 19 sobre el

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Tabor). ¿Existía además una mancomunidad de todas las tri-
bus? ¿Formaba Israel, antes de la creación del estado, una con-
federación de doce tribus, una «anfictionía» (M. Noth), bajo la
advocación común de Yahvé?

A tenor de textos antiguos (Gén 29 31 s; 49; Dt 33) y tardíos (por
ejemplo l Crón 2 t s), se confedera un grupo de doce tribus, personifi-
cadas en los doce hijos del patriarca Jacob-Israel, articulándose por su
antecedente materno:
Hijos de Lía: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón.
Hijos de Raquel: José (Efraín, Manasés), Benjamín.
Hijos de las criadas: Dan, Neftalí o Gad y Aser.
En una lista posterior (Núm l; 26) falta Leví; el número doce se man-
tiene mediante la división de José en (sus hijos) Efraín y Manasés.

Los símbolos y la realidad se entremezclan en el sistema; pe-
ro ¿cuál es su fondo histórico? El número doce, constante a pe-
sar de su diversa articulación y persistente a través de siglos,
apenas cabe derivarlo de la época de los reyes, ya que la
monarquía trajo consigo un estado nacional y territorial supera-
dor de la estructura tribal. La ordenación jerárquica de las tri-
bus tampoco responde en la época tardía a la realidad histórica,
pues las tribus de Rubén, Simeón y Leví (cf. Gén 34; 49 3-7) per-
dieron su importancia desde tiempo atrás o habían decaído to-
talmente. Por eso los grupos dentro de la lista entrañan, al me-
nos parcialmente, una variada prehistoria de federaciones triba-
les.

El grupo que forman las seis tribus de los hijos de Lía tienen probable-
mente un pasado propio; se habían asentado ya, quizá, en Palestina
central antes de la penetración de los hijos de Raquel, José y Benjamín,
después de abandonar Egipto, llevando consigo, acaso, la fe yahvista e
introduciéndola en Israel. El texto de Jos 24 ¿guarda recuerdo de este
hecho?

Una vez unificadas las doce tribus desde el sur hasta el nor-
te debieron de existir también ciertos usos comunes entre todas

' ellas, tal vez una organización colectiva.

La idea, más lógica, según la cual Judá en el sur y las tribus mediopa-
lestinas Efraín/Manasés, con el epicentro de la fe yahvista alrededor de

Epocas de la historia de Israel 35

Siquén (cf. Gén 33 ts-20; Jos 24 y passim), sólo poseen una historia co-
mún desde David, minimiza en exceso la organización de la época pre-
estatal. En todo caso, con tal hipótesis apenas cabe dar una respuesta
satisfactoria a la ardua pregunta sobre el modo cómo se impuso la fe
yahvista en el sur.
Las tradiciones patriarcales suponen unas relaciones muy estrechas
entre Berseba (Gén 26 23 s) o Hebrón (Gén 18) al sur y Siquén (12 6 y
passim) al norte. Todas las tradiciones de los libros de Josué y los
Jueces, difundidas también en el sur (Jos 7; 10; Jue 3 9, y passim)
¿pueden proceder de la época de los reyes? La misma descripción de
Jue l hace alusión a las normativas sobre propiedad que regían en Ju-
dá. La lista de los «jueces menores» que ofrece Jue 10 1 s; 12 s s conser-
va quizá recuerdos de un tribunal de justicia para el norte o incluso pa-
ra todo Israel.

Lo cierto es que se va formando en Palestina, con las distin-
tas ciudades-estado de las llanuras y con las zonas de asenta-
miento israelita de las montañas, una organización más perfec-
ta, del mismo modo que los pueblos vecinos de Israel (los amo-
nitas, los moabitas y los endomitas en el este y el sureste y los
arameos al norte y al nordeste) fundaron estados nacionales.

3. El período monárquico

También en la llanura costera del sur surgió una nueva po-
tencia, que pronto representaría una amenaza para Israel: los fi-
listeos. No eran semitas (por eso el AT los califica de «incircun-
cisos»); confluyeron más bien en Palestina con la población
marítima nacida de la migración dórica y formaron cinco
ciudades-estado (Gaza, Ascalón, Asdod, Eqrón y Gat). En tanto
que los ataques de tribus o de pueblos enemigos en el período de
los jueces se mantuvieron dentro de unos límites en el espacio y
en el tiempo, la potencia creciente (cf. Jue 3 31; 13-16) y perma-
nente (1 Sam 4 s; 10 5) de los filisteos, con su armamento supe-
rior de hierro (cf. 13 19 s; 17 7), obligó a Israel a organizar una
acción conjunta bajo una guía estable. Así, por imperativos de
la política exterior, se fundó hacia el año 1000 a,C. la
monarquía y se formó un estado único (1 Sam 8-12; cf. cap.
11 3 c).

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56 Panorama del antiguo testamento y de su historia

tar, es decir, comprar la heredad y mantenerla así para la futura
familia (Rut 4; Jer 32 6 s; Lev 25 24 s);

c) la manumisión de los esclavos al cabo de siete años (Ex
21 1 s; Dt 15 12 s). o la disposición de Lev 25 según la cual, en el
año jubilar, es decir, cada 50 años se recuperaban las tierras y se
daba libertad a los esclavos (¿hasta qué punto se llevaba a la
práctica esta disposición?);

d) la prohibición del cobro de interés (cf. Ex 22 24; Dt
23 20 s; Lev 25 35 s);

e) diversas exigencias en la atención a los pobres (Lev
19 9 s; Rut 2 9.14 s y passim).

2. Pero tales medidas no bastaron en las circunstancias
creadas por la monarquía y por el auge de las ciudades. La rea-
leza -con sus competencias políticas, militares, económicas,
incluso cúlticas y jurídicas- originó conflictos de poder en pun-
tos céntricos, sobre todo en las capitales (Jerusalén, Samaria).
El centro de gravedad se desplazó a las ciudades, donde en lugar
del campesinado prevalecían los comerciantes, y la artesanía y la
industria tenían al parecer, desde muy pronto, sus propias calles
(Jer 37 15; cf. 1 Re 20 34). El funcionariado, que se beneficiaba
con el patrimonio real y también cobraba impuestos, se trans-
formó en un nuevo estamento superior.

El cambio en la estructura social parece haber tenido aspec-
tos «nacionales»; se impuso el orden social y económico cana-
neo frente al antiguo sistema israelita. Prevaleció la capa más
fuerte de la sociedad, estaba en auge el comercio y la vida
ciudadana, pero existía también desde muy antiguo la gran pro-
piedad rural. Desde el reinado de David y Salomón se había in-
corporado ya al estado la población originariamente no israelita
de las ciudades, y a partir de entonces se mezclaron en la estruc-
tura social las tradiciones nómada y sedentaria. Quizá esta evo-
lución general se aceleró en el reino septentrional durante el
siglo VIII con la prosperidad económica y una situación exterior
favorable (2 Re 14 25).

Con el incremento del comercio y del tráfico los edificios ga-
naron en suntuosidad (Am 3 15.9 s; 5 ll; 6 4.8; Is 5 9). Ricos
terratenientes (contra el mandato de Ex 22 24) hacían préstamos
a los labradores pobres con un elevado interés que éstos no
podían amortizar; el procedimiento se facilitó con el tránsito de

Elementos de la historia social 57

la economía cambista a la economía monetaria (principalmente
a base del metal precioso: Ex 21 32; 22 16; Os 3 2 y passim).

El rico domina sobre los pobres
y el deudor es el esclavo del acreedor (Prov 22 17).

Las deudas llevaban a la hipoteca o a la venta de la heredad.
Esto originó la acumulación de tierras en pocas manos (Is 5 s;
Miq 2 2; contra esta práctica, Ez 47 14). La pérdida de la tierra
y del solar marcaba el tránsito a la condición de jornalero (cf.
Lev 19 13; 25 39 s; Dt 24 14) o de esclavo (2 Re 4 1; Am 2 6) (cf.
ya 1 Sam 22 2; 12 3; más tarde Neh 5). Los contados pobres de
la época primitiva pasaron a ser mayoría. Al descender en rango
social perdieron su estatuto legal (cf. Ex 23 3.6 s).

«La comunidad de derecho es perfecta mientras es una reunión de cam-
pesinos libres, independientes y aproximadamente iguales en posesiones,
cuyas aspiraciones trata de conjugar en un equilibrio básico. Pero el
siglo VIII... nos muestra un fuerte desplazamiento de las relaciones de
propiedad y marca el comienzo de una clara jerarquización de la so-
ciedad hebrea. Al lado del propietario aparece el desposeído, al lado del
independiente el dependiente; y entonces fracasa la comunidad de de-
recho. El carácter oral y público de su ejercicio presupone que cada su-
jeto habla con independencia; pero el miedo a los económicamente po-
derosos, que pueden causar mucho dañ.o en la estrecha colectividad al-
deana, priva de libertad y reduce a la esclavitud» (L. KOhler, 161 s).

3. Según esto, hay que distinguir en la población de Israel,
en líneas muy generales, cuatro estamentos por lo menos:

a) los funcionarios civiles y militares, los comerciantes y los
artesanos, que vivían por lo general en las ciudades; b) los pro-
pietarios libres del campo; c) las personas sin heredad, los
pobres (más o menos con inclusión de las viudas, huérfanos y
extranjeros); y d) los esclavos.

Los esclavos -una institución obvia en el antiguo oriente- pertene-
cían a su señ.or y podían ser vendidos (cf. Ex 21; continuación en Dt
15 12 s; 23 16 s). No obstante, su situación personal no fue al parecer
muy dura: podían participar en el culto divino (Ex 20 10; 12 44; Dt 12 18
y passim) o ejercer actividades dignas (Gén 24; cf. 15 2). La condición
de esclavo tampoco estaba restringida a una determinada capa de

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58 Panorama del antiguo testamento y de su historia

población; así, los altos funcionarios eran considerados como «escla-
vos» (ministros) del rey.

5. La situación del postexilio

Con la conquista de Jerusalén y con el comienzo del exilio
cayó por tierra la organización política estatal de Israel. Lo que
quedó, o lo nuevo que surgió, poseía una estructura más bien
familiar: de un lado, el «padre de familia», con una especie de
gran familia (Esd 1 5; 2 59 s.68; 4 2 s; 10 16 y passim); y de otro,
la institución de los «ancianos», que recuperó la importancia
que había perdido desde hacía mucho tiempo (Jer 29 1; Ez 8 1;
14 1; 20 1 s; Esd 5 9; 6 1; 10 8. 14 y passim).

La administración central estaba en manos de los funciona-
rios persas (Neh 2 7 s.16; 5 7.14 s; Dan 3 2 s; cf. cap. 12 2). Israel
formaba una comunidad que se reunía en torno al segundo
templo, vivía según la ley y gozaba de independencia en el terre-
no religioso-cultual. En el vértice estaba el sumo sacerdote, que
portaba emblemas regios (Ex 28; cf. Zac 6 9 s).

Jerusalén era el centro del culto aun para las comunidades
filiales de la diáspora. Pero Israel no sólo vivía disperso en el es-
pacio, sino que comenzó a escindirse en diversos grupos (en la
época neotestamentaria: fariseos, saduceos, esenios, etc.) . Bajo
estas condiciones, sin embargo, se mantuvo viva la esperanza de
salvación para el mundo (Sof 2 11; Zac 14 9.16; Dan passim).

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