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ALERTA DE HURACÁN

Por Melissa Good

Primera parte

La oficina estaba prácticamente en silencio, atravesada sólo por el débil
rasguñar de una pluma sobre el papel y el suave y característico murmullo de
un ordenador al fondo. La decoración de la estancia se basaba en un juego de
cálidos tonos caoba, con una pequeña mesa de conferencias rodeada de sillas
por uno de los lados, una mesita discreta sobre la que reposaba una jarra de
agua y un conjunto de vasos, y el escritorio frente a una gran ventana que
cubría toda la pared y ofrecía una amplia vista del horizonte: el océano
Atlántico, agitado y de un tono azul verdoso.

Tras el escritorio, una mujer alta y morena ataviada con una falda gris bastante
conservadora, una camisa blanca de seda y las mangas por encima de los
codos dejando al descubierto sus brazos morenos y torneados. El respaldo de
la silla oculto bajo la chaqueta a juego y la morena cabeza apoyada en el puño,
mientras la otra mano sostenía y manejaba afanosamente una elegante pluma.
Terminó con uno de los folios y lo dobló, dejándolo junto al pequeño acuario en
el que dos peces siameses nadaban lánguidamente, dirigiendo ocasionales
miradas a la dueña de la mesa.

-Y van doce. Quedan dieciocho. -Dar suspiró rozándose el mentón con el
extremo de la pluma-. Las evaluaciones del personal deberían llevar mucho
tiempo hechas. -Se detuvo un momento y pulsó uno de los botones de su
aparatoso teléfono-. ¿Mari?

-¿Sí...? Hola, Dar. Buenas tardes. -La voz de la Directora de Personal surgió
relajada y amistosa al otro lado de la línea.

-¿Me puedes explicar por qué no hay forma de que una de las mayores
compañías de IS del mundo tenga las condenadas evaluaciones de su plantilla
en la Intranet? -preguntó Dar con irritación-. ¿Sabes el tiempo que nos
ahorraría?

-Ah, Dar... -Mariana suspiró como si llevara todo el día respondiendo a la
misma pregunta, y de hecho así era-. Si lo hiciésemos así, ¿cómo
demostraríamos la cláusula de la normativa que exige que todos nuestros altos
directivos sepan escribir a mano? -contraatacó-. Y ya que sacas el tema... no
deberías quejarte tanto. Sólo eres directamente responsable de treinta
personas. Piensa en José. Él tiene doscientas.

Dar lo consideró, mordiendo el extremo de la pluma.

-Tienes razón. Ya sólo esa idea me hace sentir mucho mejor. -Se rió entre
dientes-. Debe estar tirándose de los pelos... literalmente.

-No bromees -suspiró Mari-. En realidad, la razón de que no estén preparadas

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