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60 INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, febrero, 1997

1. DEIR EL-MEDINA (foto superior) está situada cerca de las
ruinas de la ciudad de Tebas. Deir el-Medina la habitaron los
obreros y escribas que trabajaban en la construcción de las
tumbas reales del Valle de los Reyes. Aquellos artesanos em-
pleaban lajas de piedra caliza (llamadas, con término griego,
óstraka) como barato material para escribir, y en ellas anotaban
datos oficiales o privados, escribían cartas y poemas y trazaban
dibujos. Se han encontrado miles de tales óstraka entre los restos
admirablemente bien conservados de aquella villa, de la que
se muestra aquí (a la derecha) una figuración del aspecto que
podría haber tenido hace unos 3000 años.

L
a ciudad de Tebas, capital del
Egipto meridional, llegó a ser
uno de los grandes centros

urbanos del mundo antiguo durante
el período conocido como Imperio
Nuevo (1539-1075 a.C.). Se constru-
yeron entonces los imponentes conjun-
tos de templos de Karnak y Luxor,
así como los dos monumentos que
aún dominan la ribera oriental del
Nilo en la moderna ciudad llamada

actualmente Luxor. En el cercano
Valle de los Reyes, adyacente a la
orilla occidental del Nilo, hay unas
60 tumbas, entre ellas la del faraón
Tut-an-khamon. Centenares de tumbas
privadas, algunas de ellas con magní-
fica ornamentación pictórica, salpican
también el paisaje a lo largo de los

riscos que bordean la misma orilla
occidental.

Aunque algunas de esas pinturas de
los monumentos privados representan
atractivos cuadros de la lujosa vida de

La vida diaria
en el antiguo Egipto

Hace unos 3000 años vivían obreros con sus familias en la villa llamada

hoy Deir el-Medina. Los testimonios dejados por aquella comunidad

instruida nos ofrecen fascinantes descripciones de su actividad cotidiana

Andrea G. McDowell

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los nobles, en conjunto, los templos
y tumbas restantes nos dicen más
cosas sobre la religión de aquellas
gentes y sobre sus creencias relativas
al más allá que acerca de su forma
de vivir. Su vida diaria no está tan
bien documentada porque, a diferen-
cia de los monumentos de piedra que
vemos hoy, la mayoría de sus casas,
hechas de adobes secados al sol,
sucumbieron a los desbordamientos
del río, cuyas aguas se llevaron tam-
bién todo el mobiliario y el material
escrito que pudiese darnos noticia de
cómo vivían los pocos letrados que
hubiera en aquella época remota. Sin
embargo, en lo que debió de ser el
confín más occidental de la extensa
ciudad antigua, los restos de una
pequeña comunidad se libraron de
la general desintegración. Hállanse
estos restos en la población que
lleva ahora el nombre de Deir el-
Medina, donde habitaron otrora los

obreros y artesanos que excavaron
y decoraron las tumbas reales del
Valle de los Reyes.

Lo seco y relativamente aislado del
lugar ha mantenido en bastante buen
estado el yacimiento: casas y templetes
se alzan aún en pie hasta dos metros
de altura en algunos sitios. Los ar-
queólogos que trabajaron allí durante
la primera mitad de nuestro siglo
encontraron entre las ruinas, además
de tumbas intactas en las que había
sarcófagos, mobiliario y vestimentas,
gran cantidad de monumentos religio-
sos y de utensilios domésticos. Y por
todo el yacimiento, pero especialmente
en lo que debieron de ser los ver-
tederos de basura de la ciudad, los
investigadores recuperaron decenas de
miles de documentos escritos, la ma-
yoría de los cuales datan del período
entre 1275 y 1075 a.C. Algunos textos
están escritos en hojas de papiro,
pero la mayoría lo están en trozos
de arcilla o en pedazos de blanca y
alisada piedra caliza —denominados
en griego óstraka— que la comunidad
utilizaba como una especie de papeles
de borrador.

Estos escritos sí que nos informan
sobre la vida de sus habitantes. Há-
llanse ahí actas de gobierno, poemas
de amor y cartas de particulares en
las que se describen enredos y peleas
de familia, preocupaciones por la salud
y litigios legales. También nos per-
miten asomarnos un poco al sistema
educativo del antiguo Egipto, tema
que ha ocupado parte de mi labor
investigadora. La riqueza del yaci-
miento en textos sugiere que, durante
algunos períodos de su historia, la
mayoría de los hombres de la pobla-
ción sabían leer y escribir. (Imposible
averiguar si también serían letradas
muchas mujeres; ciertamente las hubo
que se intercambiaron cartas, pero po-
drían haber dictado sus pensamientos
a hombres.) Tan elevada proporción
de gentes letradas está en fuerte con-
traste con la situación del resto de la
sociedad egipcia antigua, cuyo total
de letrados durante el Imperio Nuevo
anduvo sólo alrededor del 1 o 2 por

ANDREA G. MCDOWELL inició su
estudio de Deir el-Medina mientras
preparaba su tesis de doctorado en
historia antigua por la Universidad de
Pennsylvania. Ha sido profesora de
egiptología en la Johns Hopkins.

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ciento de los habitantes. Los óstraka
nos informan de cómo lograron al-
canzar aquellos aldeanos tan notable
nivel de instrucción.

Pero antes de examinar con másdetenimiento el sistema educativo
que funcionó en Deir el-Medina, un
rápido vistazo a algunos de los recupe-
rados óstraka nos ayudará a reconstruir
la vida de la villa y el contexto en
que se desarrolló tan extraordinario
cultivo de las letras. El gran número
de documentos administrativos nos in-
dica que los egipcios fueron unos
burócratas empedernidos, que llevaban
minuciosa cuenta del instrumental y
de las raciones que se daban a las
cuadrillas de obreros, apuntaban los
progresos de las obras y registraban
casi todos los detalles susceptibles de
cuantificación.

Las anotaciones particulares de los
residentes ofrecen incluso mayor varie-
dad. Muchas de ellas son de carácter
práctico: resguardos de compraventas
o actas de contiendas legales. Los
textos más curiosos son quizá las
cartas personales, que a quien las lee

le introducen de lleno en aquel mundo
del Egipto del Imperio Nuevo. En
una de estas misivas, un padre, Pay,
le dice a su hijo que tiene un ojo
enfermo. (Las enfermedades oculares
serían uno de los riesgos inherentes al
trabajo de construir tumbas, a causa
del polvo, la mala iluminación y las
esquirlas de piedra que herían a los
operarios.)

El dibujante Pay dice a su
hijo el dibujante Pre[emjeb?]:

No me vuelvas la espalda; no
me encuentro bien. No c[eses]
de llorar por mí, pues estoy
en la [oscuridad(?) desde que]
mi señor Amón me [volvió] su
espalda.

Podrías traerme un poco de
miel para mis ojos, y también
algo de ocre, que se me ha
convertido en ladrillos otra vez,
y auténtico tizne negro para los
párpados. [¡Apresúrate!] ¡Procú-
ralo! ¿No soy yo tu padre?

2. RETRATOS de un cantero (izquierda) y de un escriba
(derecha) en los que se ven dos estilos de dibujo hallados en
óstraka de Deir el-Medina. En el apunte un tanto informal
del cantero, con su cincel y su maceta, nótense la bulbosa
nariz, la barba sin rasurar y la boca abierta, detalles sin
duda exagerados para lograr un efecto cómico. El autorretrato
del escriba Amenjotep adorando al dios Thoth se ajusta a los
cánones formales del arte egipcio.

3. UTILES de la profesión: brochas de
varios tamaños, un bote con pigmento
rojo y trozos de minerales en bruto. Los
escribas usaban estos instrumentos para
pintar las figuras y los jeroglíficos con
que se decoraban las tumbas reales.

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Ahora me hallo en desgracia:
¡ando buscando mi vista y no
la encuentro!

No es de extrañar que Pay se lamen-
tase: la ceguera habría incapacitado
totalmente a un artista que dibujaba
las figuras y los jeroglíficos en el
interior de las tumbas. Descripciones
de la mezcla de miel, ocre y hollín
para los párpados solicitada por Pay
aparecen en papiros especialmente
dedicados a temas médicos, señal de
que se trataba de un remedio común.
Ciertamente la miel tiene propiedades
antisépticas, y con el ocre, ingrediente
de muchas otras recetas de la época,
se enfriaban los párpados, lo cual
se pensaba que reducía su inflama-
ción. Como este tipo de enfermedad
ocular aquejaba a muchos operarios,
el tratamiento debía de ser muy co-
nocido, y Pay se lo autoprescribía.
También habría podido pedir Pay a
su hijo que le obtuviese la receta
de un médico.

Aproximadamente la mitad de los
textos encontrados en Deir el-Medina
son piezas religiosas o literarias. Se
han hallado en el yacimiento copias
de la mayoría de los “clásicos” de la
antigua literatura egipcia; en algunos
casos, esos óstraka constituyen la única
muestra de una obra llegada hasta
nosotros. Estos “clásicos“ eran parte
fundamental de la instrucción de un es-
tudiante: miles de textos escolares son
extractos de las obras maestras de la
literatura del Imperio Medio (alrededor
del 2000-1640 a.C.), compuestas en un
lenguaje tan anticuado en comparación
con el usual de aquellos estudiantes
como lo es comparado con el de los
nuestros el Cantar de Mío Cid. Por
lo demás, muchos de los habitantes
fueron también autores, componiendo
textos didácticos, himnos y cartas. El
escriba Amenajté escribió un poema en
alabanza de la cosmopolita ciudad de
Tebas, emplazada sobre ambas orillas
del Nilo:

¿Qué se dicen a sí mismos
en sus corazones cada día
los que están lejos de Tebas?

Se pasan la jornada soñando [?]
con su nombre, [diciendo:]
“¡Fuera al menos su luz la
nuestra!”...

El pan que en ella se come es
más sabroso que los pasteles he-
chos con grosura de ganso.

Su [agua] es más dulce que la
miel: bébesela hasta la hartura.

¡Mirad, así es como se vive en
Tebas!

El cielo ha duplicado la [fresca]
brisa para ella.

Los habitantes de la villa tenían
en alta estima el conocimiento de la
literatura y las habilidades en las artes
literarias, como lo indica un papiro
hallado en los archivos de un escriba
residente. En este extracto, el escritor
rinde un inusual homenaje al saber;
mientras otros documentos tienden a
dar importancia sobre todo a la pericia
caligráfica y a la familiaridad con la
literatura clásica, esta descripción de
la profesión de escriba insiste en la
importancia de la autoría, la creación
de textos originales y la fama que
puede venir después de la muerte.
Para concluir, el escritor apela a la
gran aspiración de los egipcios a la
inmortalidad:

En cuanto a los sabios escribas
del tiempo que siguió al de los

dioses —aquellos que predijeron
las cosas futuras— sus nombres
perduran para siempre, aunque ya
se ausentaron una vez completa-
das sus vidas, y de sus parientes
nadie se acuerda.

No se hicieron ellos para sí
pirámides cubiertas de cobre ni
funerarias lápidas de hierro. No
pudieron dejar tras de sí here-
deros en forma de hijos [que]
ensalzaran su nombre, pero hi-
cieron que fuesen su herencia los
escritos llenos de instrucciones
que habían compuesto.

La excepcional proporción de in-
dividuos letrados que hubo entre los
operarios de Deir el-Medina se debió,
sin duda, a que muchos de ellos eran
hábiles artesanos que, para sus trabajos

Una lección de literatura egipcia

El óstrakon aquí repre-sentado contiene un
extracto del poema “Sátira
sobre los oficios”, obra clá-
sica de la literatura del
Egipto del Imperio Medio.
El poema describe diversas
ocupaciones, tales como
la de tejer, la de fabricar
flechas y la de mensa-
jero, que el autor consi-
deraba inferiores a la de
la honorable profesión de
escriba. El estudiante que
hizo esta copia no conocía
muy bien el arcaico len-
guaje del poema —escrito
hacía más de 700 años— y
mutiló el texto original. Al
final de la lección, el es-
tudiante escribió la fecha
con tinta roja.

—A. G. McD.

El correo se adentra por el
desierto,
dejando sus bienes a sus
hijos;
temiendo (a los) leones y a
los asiáticos,
¿qué es ello cuando está en
Egipto?
Cuando llega a casa agotado,
la jornada le ha quebrantado.
Mientras salga [de] su
lona [o] ladrillo,
nunca volverá alegre.

—Tercer mes de la estación
invernal, día 1.o

El correo se adentra por el desierto,
dejando sus bienes a sus hijos;
temeroso de los leones y de los
asiáticos,
[sólo] se siente seguro de sí
cuando está en Egipto.
Al llegar a su casa por la noche,
la larga marcha le ha agotado del
todo;
sea su casa de lona o de ladrillos,
su retorno no es nada alegre.

Traducido de la versión inglesa
de Miriam Lichtheim,

en Ancient Egyptian Literature I,
(University of California Press, 1973)

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en las tumbas reales, necesitaban do-
minar lo escrito en jeroglíficos. En los
comienzos de la historia de la villa,
las tumbas de los faraones contuvieron
sólo simples copias de las guías para
el mundo de ultratumba, escritas en
letra cursiva y adornadas con viñetas
de figuras esquemáticas; pero hacia
finales del s. XIV a.C. se empezó a
ornamentar las tumbas con escenas
detalladamente esculpidas y pintadas.
Por el mismo tiempo aumentó mucho
entre los habitantes la proporción de
los que sabían leer y escribir, como lo

prueba el creciente número de textos
escritos a partir de ese período.

Los relieves pintados se introduje-ron en el Valle de los Reyes
durante el reinado del faraón Horem-
jeb (1319-1292 a.C.). Los más elabo-
rados proyectos de Horemjeb y de
los siguientes faraones requerían para
su realización unos equipos de artis-
tas que trazaran los dibujos iniciales,
otros que los esculpieran y otros que
completaran la tarea pintando los re-
lieves. Y como de la ornamentación
formaban parte numerosísimos textos
jeroglíficos, aquellos artistas tenían
que saber leerlos y escribirlos.

Quizá lo más sorprendente sea que,
de los responsables del duro trabajo de
excavar la tumba en la rocosa ladera
de la montaña, por lo menos algunos
sabían también leer, aunque para tan
penoso cometido no les haría ninguna
falta. A estos obreros puede que les
motivase la ambición: el ser instruido
y letrado encerraba en Egipto la clave
para hacer una buena carrera, pues era
lo que separaba a la clase artesanal
de la de los labriegos, y el dominar
tales artes les sería muy útil a los
obreros cuando no encontraran trabajo
entre los constructores de tumbas.
Además, puede que el cultivo del
saber sirviese también en la villa de
poderoso estímulo que animase a los
jóvenes a estudiar emulándose unos
a otros.

Los egiptólogos podemos espigar
numerosos detalles de los óstraka en-
contrados en Deir el-Medina, mas por
desgracia aún es poco lo que sabemos
en concreto sobre cómo aprendían
los residentes a leer y a escribir.
Los textos del Imperio Nuevo sólo
incidentalmente se refieren a escue-
las, indicando que existían y que ya
eran un tanto creciditos los niños que
asistían a ellas. En este contexto, un

4. MUESTRA de los cartuchos del faraón Amenjotep I, dibu-
jada con mano segura en una de las caras de este óstrakon

(izquierda). Un discípulo giró el óstrakon e hizo una copia (dere-
cha), cambiando en el proceso la posición de algunos signos.

5. LOS HORNOS para cocer el pan
estaban situados en las traseras de las
casas de Deir el-Medina. En este dibujo
pueden verse las palabras “soplando
para avivar el fuego del horno” en el
texto escrito a la izquierda.

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