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Page 2

Es éste un libro que nació con fortuna: se pu­
blicó simultáneamente en inglés y en castella­
no; luego se tradujo al alemán, al italiano, al
francés y, pocos meses hace, al polaco, indicio
evidente de su importancia y de la influencia
que a través de los años ha ejercido. Puede
asegurarse que es el libro por el que se han
iniciado en la Escritura las generaciones pos­
teriores al Concilio, cuyo espíritu e inquietu­
des reproduce, ensanchándolas en los terre­
nos del lenguaje, Su autor acababa de heredar
en el Instituto Bíblico la cátedra de Inspira­
ción y Hermenéutica dei cardenal Bea, y a
esos dos gruesos temas dedica el libro, en una
línea innovadora, osada y hasta revolucionaria
para aquel momento. Nadie podrá negar hoy
que este reducido volumen introdujo en la
hermenéutica bíblica vertientes lingüísticas,
que significan una trayectoria radicalmente
nueva para la lectura y estudio de la Escri­
tura.

La Biblia es palabra de Dios, espiritualidad,
teología; pero también es literatura — poesía,
historia, narrativa— , que es preciso analizar
con los criterios de un texto literario, por pa­
labras, estructuras y amplias unidades, para
determinar el sentido de un texto. El grito
inicial fue La Palabra Inspirada y su primera
consecuencia la versión de «Nueva Biblia Es­
pañola», única realizada a un idioma moderno
por «correspondencias dinámicas» entre las
lenguas. Luego siguieron los dos tomos de
Profetas, el de Job y el de Proverbios, prime­
ros volúmenes de un «Comentario teológico
y literario del AT». Nada hubiese ocurrido
sin La Palabra Inspirada, que hoy publicamos
en tercera edición, sometida a amplias revisio­
nes sobre todo en su aspecto bibliográfico,
aunque conservando la estructura y el tenor
originales, incluidos los textos de los Padres
en griego y latín, como instrumento de for­
mación humanística.

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194 Psicología de la inspiración

una forma personalista de confesión, revelando su alma frente a
la revelación del árbol.

Límites de probabilidad. Lo del paseo por el campo es re­
construcción: puede haber mirado desde la puerta o por la ven­
tana. La rama florecida dicen algunos que es un bastón de al­
mendro (no sé si es tan fácil de reconocer la especie de madera);
aun así, el funcionamiento del nombre subsiste, con menos au­
reola poética. Y los que supongan una visión extática o de sola
la fantasía, conservarán el funcionamiento poético del nombre.
Pero no hace falta recurrir a visiones extraordinarias, cuando sa­
bemos que Jeremías recibe un oráculo viendo trabajar a un alfa­
rero; ni debemos pensar que una cosa tan casera como una olla
hirviendo que se sale tenga que haberla visto el profeta en visión
preternatural.

El ejemplo de Jeremías nos ha ilustrado el papel de la tradi­
ción artesana en la realización del poema; y con ello nos ilustra
buena parte de la literatura y de la poesía del Antiguo Testa­
mento, donde tanta importancia tiene la tradición formal, gé­
neros y fórmulas.

Además Jeremías había en sus confesiones del impulso inte­
rior incontenible que le mueve a objetivar la palabra interior re­
cibida.

«Me dije: No me acordaré de él,
no hablaré más en su nombre;

pero la sentía dentro como fuego ardiente,
encerrado en los huesos:

hacía esfuerzos para contenerla y no podía» (Jr 20,9),

como la «coacción espiritual» (spiritual compulsión) que confiesa
Stephen Spender en su artículo The Making o f a Poem 13.

En el mismo pasaje refiere Jeremías que su oráculo es un gri­
tar: «¡Violencia!». Según Von Rad, es el grito del oprimido que
reclama protección o justicia 14. Caben diversas explicaciones de
este grito: a) que sea un resumen, que sustituye aquí a oráculos

13 R. W. Stallman, Critics a n d Essays in C ritiásm 1920-1948 (Nueva York
1949). .

14 G. Von Rad, Das erste Buch M oses I, 104; II, 162.

íntegros, por razones funcionales; en tal hipótesis, no estamos
ante una forma nueva, irreductible; b) que sea la palabra germi­
nal de algunos oráculos; en tal hipótesis, sería una forma reduc-
tible, por ejemplo, al oráculo del almendro; un grito escueto se
convierte en el germen que da el tema y el tono a todo el orá­
culo; c) que el grito constituye el oráculo entero: una inspira­
ción elemental sugiere el nombre y lo hace gritar; en tal caso, de
intuiciones y juicios y trabajo literario no queda nada. El grito
desnudo adquiere su sentido concreto en el contexto vital del
pueblo. Pero hay que decir que estos supuestos gritos oraculares
no están recogidos autónomamente en las colecciones proféticas,
lo cual no excluye absolutamente su existencia en la actividad
profética oral. (Puede verse mi comentario a estos versos de Je­
remías en Profetas II, pp. 504ss).

UN DETALLE DE ESTILO Y UN SALMO DE IMITACION

Examinemos ahora dos maravillosos poemas, el primero de
Isaías y luego un salmo. Ante todo el del profeta Isaías, al que
vamos a mirar por encima del hombro, mientras da forma litera­
ria a la querella matrimonial de Dios con su pueblo o ciudad.
Este es el texto:

La ciudad infiel

¡Cómo se ha vuelto una ramera la Villa Fiel!
Antes llena de derecho, morada de justicia;
ahora de criminales.

Tu plata se ha vuelto escoria, tu vino está aguado,
tus jefes son bandidos, socios de ladrones:

todos amigos de sobornos, en busca de regalos.
No defienden al huérfano,
no se encargan de la causa de la viuda.

Pues bien —oráculo del Señor de los ejércitos,
el héroe de Israel—:
tomaré venganza de mis enemigos,
satisfacción de mis adversarios.

Volveré mi mano contra ti:
para limpiarte de escoria en el crisol

Un detalle de estilo y un salmo de imitación 195

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196 Psicología de la inspiración

y apartarte la ganga;
te daré jueces como los antiguos,

consejeros como los de antaño:
entonces te llamarás Ciudad Justa, Villa Fiel.

(Is 1,21-26).

El grito ay se puede decir ayka, ayk (en pronunciación pos­
terior será eka, ek): el profeta escoge la forma bisilábica. La pa­
labra ciudad se puede decir cir o qirya: el profeta escoge la se­
gunda forma. ¿Por qué? Para responder basta leer en voz alta las
dos alternativas (¡acentos agudos!):

3ayk bayeta lezona ‘ir ne’mana
3ayka bayeta lezona qirya ne’mana (Is 1,21).

La realidad concreta del poema, del verso, cambia con esta
quíntuple rima enfática. No hablemos aquí de juicios, si no es la
elección de una alternativa estilística (Marouzeau: el estilo es
elección). El verso no es un simple enunciado o un juicio de
verdad: es un grito y una queja, en que Dios se expresa. El con­
tenido cognoscitivo está disuelto en la expresividad. Si el poeta
añade dos grados de fuerza a la expresión divina, añadiendo dos
rimas en -a, también esto está inspirado, porque revela más e
impresiona más. La intensidad es una dimensión del espíritu
(Bruno Snell), que interesa en la comunicación personal, e inte­
resa al lenguaje literario. Debemos pensar que el trabajo arte­
sano, estilístico, de Isaías ha sucedido bajo la moción del Espí­
ritu, y el resultado es relevante. Notemos, de paso, cómo el len­
guaje literario asume y potencia las funciones del lenguaje ordi­
nario (véase sobre este poema mi comentario en Profetas I,
pp. 121ss).

Salmo 29

1Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,

2aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

3La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria ha tronado,
el Señor sobre las ajguas torrenciales.

Un detalle de estilo y un salmo de imitación 197
4La voz del Señor es potente,

la voz del Señor es magnífica,
5la voz del Señor descuaja los cedros,

el Señor descuaja los cedros del Líbano.
6Hace brincar ai Líbano como a un novillo,

al Sarión como a una cría de búfalo.
7La voz del Señor lanza llamas de fuego,
8 la voz del Señor sacude el desierto,

el Señor sacude el desierto de Cades.
9La voz del Señor retuerce los robles,

el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: ¡Gloria!

10El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.

11 El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz.

De este salmo 29 me ocupé ampliamente en el libro Treinta
Salmos: Poesía y oración (Ed. Cristiandad, Madrid 1981; 21986)
121-132, analizándolo verso por verso, sus recursos formales,
antecedentes y raíces, trasposición cristiana, etc. El arranque del
salmo es la experiencia de una tempestad: la experiencia en sí no
es más que el material. En la experiencia sobrecogedora de la
tempestad el hombre ha captado la presencia terrible y fascina­
dora de Dios: la tempestad se ha ofrecido como teofanía, como
manifestación de Dios en poder, a la visión simbólica. Esta pe­
netración de sentido trascendente es el punto de ignición del
poema. Para objetivar la percepción central el poeta escoge la
forma del himno litúrgico, y esta elección inicial determina una
actitud dominante conformadora del poema: alabanza comunita­
ria. Para realizar el poema estiliza la tormenta en siete truenos,
sustantivos, casi corpóreos, sujetos activos. Estos elementos han
ido apareciendo en la ejecución, intensamente creativa.

Hasta aquí el caso parece fácilmente reductible al ejemplo tí­
pico de Oseas. Sólo que entra un nuevo factor: el salmo, con
toda probabilidad, es de origen cananeo, y ha sido adaptado por
un autor bíblico, inspirado. Este dato probable nos impone una
pregunta: ¿Quién es el inspirado?, ¿dónde se inserta y cómo
obra la acción del Espíritu? La respuesta será otra vez tentativa.

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390 Constitución «Dei Verbum»

dido y defiende que estos cuatro evangelios, cuya historicidad
afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de
Dios, durante su vida entre los hombres, hizo y enseñó real­
mente hasta el día en que ascendió al cielo (cf. Hch 1,1-2). Los
apóstoles, en efecto, después de la ascensión del Señor predica­
ron a sus oyentes lo que él había dicho y realizado, con aquella
plena inteligencia de que ellos disfrutaban instruidos por los
acontecimientos gloriosos de Cristo e iluminados por la luz del
Espíritu de verdad. Los autores sagrados, pues, escribieron los
cuatro evangelios escogiendo algunas de las muchas cosas que se
transmitían, ya de palabra, ya por escrito, resumiendo otras, o
aclarándolas, según la situación de las iglesias, conservando por
fin la forma de predicación para comunicamos siempre sobre
Jesús cosas verdaderas. Sacándolo, en efecto, ya de su memoria
o recuerdos, ya del testimonio de quienes desde el principio fu e ­
ron testigos oculares y ministros de la palabra, ellos escribieron
con la intención de que conozcamos la «verdad» de las ense­
ñanzas que hemos recibido (cf. Le 1,2-4).

20. El canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro
evangelios, comprende también las cartas de san Pablo y otros
escritos apostólicos, compuestos bajo la inspiración del Espíritu
Santo, con los cuales, según el sabio designio de Dios, se con­
firma lo que se refiere a Cristo Señor, se declara cada vez más su
auténtica doctrina, se manifiesta el poder salvador de la obra di­
vina de Cristo, se narran los comienzos y la admirable difusión
de la Iglesia y, de antemano, se anuncia su gloriosa consuma­
ción.

El Señor Jesús estuvo, en efecto, con sus apóstoles, como ha­
bía prometido (cf. Mt 28,20), y les envió el Espíritu Paráclito,
que los introdujera en la plenitud de la verdad (cf. Jn 16,13).

Capítulo VI
LA SAGRADA ESCRITURA E N LA VIDA DE LA IGLESIA

21. La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo
ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues nunca deja, sobre todo
en la Sagrada Liturgia, de tomar, en la única mesa de la Palabra
de Dios y del Cuerpo de Cristo, el pan que distribuye a los

Sobre la divina revelación 391

fieles. Siempre las ha considerado y considera [a la Escritura]
juntamente con la Tradición, como regla suprema de su fe,
puesto que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siem­
pre, comunican inmutablemente la Palabra del mismo Dios y, en
las palabras de los Profetas y de los Apóstoles, hace resonar la
voz del Espíritu Santo. Así pues, toda la predicación eclesiástica,
como la religión cristiana misma, debe nutrirse de la Sagrada Es­
critura, y ser regida por ella. Porque, en los sagrados libros, el
Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y en­
tabla conversación con ellos; y son tan grandes la fuerza y el
poder encerrados en la palabra de Dios, que es, en verdad,
apoyo y vigor para la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos,
alimento de su alma, fuente pura y permanente de su vida espiri­
tual. Por ello se aplican bien a la Sagrada Escritura estas pala­
bras: Pues la palabra de Dios es v iva y eficaz (Heb 4,12), que
puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santifi­
cados (Hch 20,32; cf. 1 Tes 2,13).

22. Conviene que los cristianos tengan un amplio acceso a
la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia, ya desde sus principios,
recibió como suya la antiquísima versión griega del Antiguo
Testamento, llamada «de los Setenta», y conserva siempre con
honor otras traducciones, orientales y latinas, sobre todo la de­
nominada «Vulgata». Como la palabra de Dios ha de estar a dis­
posición de todos los tiempos, con solicitud materna la Iglesia
procura que se redacten aptas y exactas traducciones en diversas
lenguas, realizadas principalmente de los textos originales de los
sagrados libros. Si éstas, según la oportunidad y con el consenti­
miento de la autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo con la cola­
boración de los hermanos separados, podrán ser usadas por
todos los cristianos.

23. La Iglesia, esposa de la Palabra hecha carne, instruida
por el Espíritu Santo, procura comprender cada vez más profun­
damente la Sagrada Escritura, a fin de alimentar continuamente a
sus hijos con las diversas enseñanzas; por ello fomenta también
convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto orien­
tales como occidentales, al igual que las sagradas liturgias. Los
exegetas católicos y también los teólogos se dedicarán, aunando

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392 Constitución «Dei Verbum»

sus fuerzas, a la investigación y exposición de las letras divinas,
bajo la vigilancia del magisterio, empleando los medios opor­
tunos, de forma que el mayor número posible de servidores de
la palabra divina puedan repartir fructuosamente al pueblo
de Dios el alimento de la Escritura, que ilumine las mentes, ro­
bustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres
en el amor de Dios. El sacrosanto Concilio anima a los hijos de
la Iglesia dedicados a estudios bíblicos a que continúen con
siempre renovada consagración su labor felizmente emprendida,
con plena aplicación, según el sentir de la Iglesia.

24. La sagrada teología se apoya, como en su permanente
fundamento, en la palabra escrita de Dios junto con la sagrada
tradición; así se robustece con firmeza y se rejuvenece de conti­
nuo, cuando investiga a la luz de la fe toda la verdad oculta en
el misterio de Cristo. La Sagrada Escritura contiene la palabra
de Dios y, al estar inspirada, es en verdad la palabra de Dios;
por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser
como el alma de la teología. También el ministerio de la palabra
—esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instruc­
ción cristiana—, en el que debe ocupar un lugar importante la
homilía litúrgica, se alimenta saludablemente y se vigoriza santa­
mente con la palabra misma de la Escritura.

25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo
los sacerdotes de Cristo y los demás que, como diáconos o
como catequistas, se dedican legítimamente al ministerio de la
palabra, se dediquen a la Escritura mediante su asidua lectura y
un estudio diligente, para que ninguno de ellos se convierta en
predicador vacío y superfluo de la palabra de D ios, que no la es­
cucha en su in terior, puesto que han de comunicar a los fieles
confiados a ellos, sobre todo en la sagrada liturgia, las inmensas
riquezas de la palabra divina. De igual forma el sacrosanto Con­
cilio exhorta con insistencia a todos los cristianos, y especial­
mente a los religiosos, a que aprendan el sublim e conocimiento
de Jesucristo (Flp 3*8) con la lectura frecuente de la Escritura.
Porque su desconocim iento es desconocim iento de Cristo. Deben,
pues, acercarse gustosos al mismo sagrado texto, ya por la sa­
grada liturgia, impregnada de palabras de Dios, ya por la lectura

Sobre la divina revelación 393 '

espiritual, ya por enseñanzas convenientes para ello y por otros
medios que, con aprobación y celo de los pastores de la Iglesia,
se multiplican ahora por todas partes, dignos de todo elogio.
Pero no se olviden de que la oración debe acompañar a la lec­
tura de la Sagrada Escritura, para que se entable el diálogo entre
Dios y el hombre; porque a él hablam os cuando oram os, y a él
oímos cuando leem os las palabras divinas.

Incumbe a los obispos, en quienes está la doctrina apostólica ,
instruir oportunamente a los fieles que se les ha confiado, para
que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo los del
Nuevo Testamento, y especialmente los evangelios, por medio
de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las
explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la
Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con la Sa­
grada Escritura, imbuyéndose plenamente de su espíritu.

Preparen también ediciones de la Escritura, con las conve­
nientes notas, para uso aun de los no cristianos, y adaptadas a su
condición: los pastores de almas y los cristianos todos, de cual­
quier estado, con prudente celo cuiden de difundirlas por todos
los medios.

26. Así pues, con la lectura y el estudio de los libros sa­
grados, la palabra de D ios se difunda y resplandezca (2 Tes 3,1)
y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y
más los corazones de los hombres. Así como la vida de la Iglesia
recibe su incremento con la asidua comunión del misterio euca-
rístico, así también se ha de esperar que un nuevo impulso para
la vida espiritual seguirá a la siempre creciente veneración de la
palabra de Dios, que perm anece para siem pre (Is 40,8; cf. 1 Pe
1,23-25).

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