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                            (Texto extraído de la obra de Lewis Mumford, “The Mith of the Machine”, 1967. Edición sudamericana: Emecé, Buenos Aires, 1969)
Entre:
EL DISEÑO DE LA MEGAMÁQUINA
	La máquina invisible
	Niveles mecánicos de estas realizaciones
	El monopolio del poder
	La magnificación de la personalidad
	Las tareas de consumo
	La época de los constructores
LA CARGA DE LA "CIVILIZACIÓN"
	La pirámide social
	Los traumas de la “civilización”
	Esto nos enfrenta con dos preguntas: 1ª, ¿por qué la megamáquina persistió durante tantos siglos en su forma negativa?, y 2ª (aún más significativa), ¿qué motivos y propósitos se escondían detrás de las ostensibles actividades de la máquina militar? En otras palabras: ¿cómo fue posible que la guerra se convirtiera en parte integral de la "civilización" y fuera exaltada como la suprema manifestación de todo "poder soberano"?
		Patología de la fuerza
		Firmes casas construye el zapapico; pero
			El curso del imperio
			Reacciones contra la megamáquina
			Cortapisas contra la megamáquina
                        
Document Text Contents
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con piedras semipreciosas. También las embellecían, a
intervalos, monumentales esculturas de leones o de
toros. Análogas construcciones, de diferentes formas y
materiales, aparecieron por doquier. Tales edificaciones
enardecían, naturalmente, el orgullo de la comunidad
que las había levantado y, subsidiariamente, hasta el
más insignificante de los peones que participaba del
nuevo ceremonial de aquellos grandes centros y
ciudades, se sentía autor parcial de tales hazañas de
poderío y de las maravillas artísticas que testimoniaban
diariamente una vida que estaba más allá del alcance
de los humildes campesinos o pastores de las
localidades distantes. Aun para los más alejados
aldeanos, estas monumentales estructuras servían
como imanes que, periódicamente, sobre todo en los
días festivos, atraían a las multitudes desde los campos
hacia las grandes capitales: primero hacia Abidos o
Nipur, más tarde hacia Jerusalén o La Meca, después
hacia Roma o Moscú.

Estas grandes actividades constructivas servían
de base para una clase de vida más intensa y más
consciente, en la que el ritual se convertía en drama, la
conformidad enfrentaba nuevas prácticas y nuevos
recursos que llegaban de las diversas partes del gran
valle, y había diario aguzamiento de las mentes
individuales mediante el constante intercambio con
otras mentes superiores; era, en resumen, la nueva vida
ciudadana, en la que se magnificaba e intensificaba
cada uno de los aspectos de la existencia. Tal vida
urbana trascendía la de las aldeas en todas sus
dimensiones, importando materias primas desde
mayores distancias, introduciendo rápidamente las
nuevas técnicas y mezclando los diferentes tipos
raciales y nacionales. En mi libro, La Ciudad en la
Historia, ya he pagado el debido tributo a estas
expresiones colectivas de orden y belleza.

Aunque las aldeas y las pequeñas ciudades
repartidas por los campos dieron los modelos originales
para el establecimiento de los centros humanos, la
construcción y elevación cultural de las grandes
ciudades fue, ampliamente, labor de la megamáquina.
La rapidez de su erección y la implicación de todas sus

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dimensiones -particularmente de su núcleo central: el
templo, el palacio real y el granero comunal- dan
testimonio de la supervisión regia. Las murallas y
demás fortificaciones, los caminos que las recorrían, los
canales y los edificios en general de la ciudad, han
seguido siendo en épocas posteriores lo que fueron en
la "Era de los constructores": actos supremos del poder
soberano que, al principio, fue una persona viva, y
después, una abstracción constitucional.

A través de la historia, esta imagen original de la
ciudad puso de manifiesto el esfuerzo y devoción de los
humanos. La gran misión de la monarquía había sido
superar el particularismo y el aislamiento de las
pequeñas comunidades, para borrar las diferencias, a
menudo muy significativas, que separaban a un grupo
humano de otro y les impedían intercambiar ideas,
inventos y otros beneficios que, finalmente, podrían
haber intensificado su individualidad.

La monarquía sometió a su regla común las
diversas pesas y medidas, y hasta los límites
territoriales se fueron esfumando, en parte porque la
expansión del poder real absorbía cada vez más
comunidades en su sistema de cooperación. Bajo una
ley común, las conductas se hicieron más ordenadas y
predecibles, así como las desviaciones frívolas
resultaron menos frecuentes. En gran medida, esta
afirmación de todos en la ley y el orden dio las bases
para establecer mayor libertad, pues abría la puerta a
un mundo en el que cada miembro de la especie
humana podía sentirse como en su casa, como lo
estuvo antes en su aldea. Hasta donde la monarquía
colaboró en tan valiosa universalidad y uniformidad,
cada comunidad y cada miembro de ella recibió los
correspondientes beneficios.

Con la construcción de la ciudad y de las
múltiples instituciones que la formaban, la monarquía
alcanzó su culminación como constructora. La mayoría
de las actividades constructivas que solemos asociar
con la idea de "civilización" se encontraban ya en
aquella original explosión de fuerzas técnicas y sociales.
Tales obras crearon una confianza bien fundada en el
poder humano, muy distinta de las ilusiones e ingenuas

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clase de cuestiones morales y legales. Esta última tarea
intelectual, derivada ya del ambiente ciudadano, era lo
que le estaba faltando a la antigua cultura aldeana.

Ninguna otra religión anterior al año 600 antes de
Cristo combinó esos atributos esenciales, inclusive la
transportabilidad en pequeñas unidades y la
universalidad, aunque Woolley dice que esos rasgos
corresponden a las prácticas religiosas caseras que
Abraham pudo haber adquirido en Ur, donde hasta los
enterramientos se realizaban en criptas debajo de la
morada de cada familia. Por medio de la sinagoga, la
comunidad judía recobró la autonomía y capacidad de
réplica que la aldea había perdido ante el crecimiento
de organizaciones políticas más amplias.

Este hecho explica no sólo la milagrosa
supervivencia de los judíos a pesar de interminables
siglos de persecución, sino también su expansión
mundial, y muestra, aun más significativamente, que
esta organización, siempre mantenida en pequeña
escala, aunque estaba tan desarmada y abierta a la
opresión como la aldea, pudo mantenerse como núcleo
activo de cultura intelectual autosostenida durante más
de veinticinco siglos después de haberse desintegrado
todos los demás modos de organización que sólo se
habían basado en la fuerza bruta. Es que la sinagoga
tenía una fortaleza interior y unas bases de persistencia
de la que carecieron hasta los imperios mejor
organizados, con todos sus instrumentos de coerción,
temporalmente efectivos y terribles.

A su vez, hay que admitir que esta pequeña
unidad comunal judaica tenía serias debilidades. Por un
lado, su premisa fundamental -la existencia de un pacto
especial establecido entre Jehová y Abraham, por el
que los judíos eran declarados como el Pueblo
Escogido por Dios- resultaba tan presuntuosa como las
pretensiones de divinidad que se atribuían los reyes.
Tan infortunado solecismo impidió durante mucho
tiempo que el ejemplo de la sinagoga fuera imitado más
universalmente, y que sirviera, antes de surgir la herejía
del cristianismo, como medio de establecer una
comunidad mucho más universal. El exclusivismo judío
superó aun al de la tribu o la aldea, pues en éstas solía

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