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TitleLa Construcción Sociocultural de la Realidad desde una perspectiva Queer. Coral Herrera Gómez
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recoge el diploma en su graduación, o el ladrón que reproduce fielmente las palabras y los

movimientos que planeó mientras ensayaba su atraco el día anterior.



También es fácil comprenderlo sentándose un rato a ver a los niños y las niñas disfrutando

en el juego simbólico, en el que crean personajes, se reparten los roles y hacen interaccionar

a los arquetipos entre sí. Es todo un simulacro de realidad en el que los niños se adaptan a su

rol de capitán, las niñas a su rol de enfermeras, los niños a su rol de jefe, las niñas a su rol de

princesa, los niños a su rol de indio, o de vaquero, de ladrón, o de policía, las niñas a su rol

de ama de casa, o de ejecutiva agresiva. Este simulacro también se da cuando en lugar de

encarnar a esos personajes hacen la transferencia con muñecos, con barbies y kenes.



Los adultos hacemos lo mismo: adoptamos roles estereotipados para adaptarnos a la

situación que nos toca vivir en un mismo día como padres, como hijos, como nietos, como

empleados o como presidentes de la comunidad de vecinos, como profesores o como

alumnos. Aprendemos esos roles estereotipados en nuestro proceso de socialización, y en las

imágenes e historias que consumimos en nuestro tiempo de ocio a través de publicidad,

películas, series de televisión.



En la posmodernidad las identidades son fluidas, flexibles y cambiantes: vivimos en un

mundo de máscaras sociales que se adaptan a cada contexto según el rol que nos toque

ejercer. A través de esos roles estereotipados, podemos ser muchas cosas a la vez, y además

instauramos realidades tomando decisiones a solas o en conjunto, emitiendo comunicados,

elaborando declaraciones de amor, escribiendo emails, poniendo un anuncio de “Se vende”,

publicando normas, haciendo llamadas telefónicas, consumiendo tal producto o boicoteando

tal otro.



Por eso la noción de performatividad nos resulta muy útil a la hora de entender que la

realidad se construye desde los discursos y los actos, que todos los rituales sociales tienen un

componente teatral inserto, que tenemos un enorme potencial para cambiar la realidad

visibilizando lo invisible, mostrando lo diverso, y cuestionando todas las verdades del orden

patriarcal y capitalista.



Que el Queer no tenga metas sociopolíticas o económicas definidas no es un problema,

como he dicho antes, porque el queer está más atento a los procesos que a los resultados.



A la hora de analizar y transformar la realidad, el queer es una herramienta que nos permite

bucear en las redes de factores que se interrelacionan en cualquier fenómeno, pues cada rato

nos muestra las contradicciones y las variaciones que experimentan estos elementos. Es

también una herramienta para destrozar dicotomías y cuestionar las hegemonías que operan

sobre nuestra identidad, nuestra sexualidad, nuestras emociones y sentimientos, nuestra

fuerza de trabajo. El análisis no se limita a destrozar todas las nociones anteriores (ejemplo:

objetividad, normalidad, heterosexualidad, feminidad o masculinidad), sino que nos abre

puertas para poder imaginar otros sistemas políticos y económicos posibles.



Como movimiento, la política queer establece dos grandes posturas características: en

primer lugar, el rechazo a la normalización y la reivindicación de su existencia desde los

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márgenes. El queer habla desde las periferias, las minorías, las rarezas, las subversiones en

todos los niveles de organización social. Y lo hace desde el análisis del cuerpo como

territorio fronterizo en el que se ceban las religiones, las leyes, la política, la economía y la

cultura para tratar de abrir los cuerpos a otras praxis, otras definiciones, otras formas de

relación. Su pretensión no es ser aceptado por la sociedad ni asimilado por el sistema, ni

caminar por las vías de la corrección política o las sendas institucionales.

Porque la segunda postura queer es la confrontación directa al régimen heterosexual: por eso

lanza provocaciones a la moral tradicional constantemente y se muestra cuán rara es, para

escandalizar a las mentes rígidificadas por el patriarcado y el capitalismo.



El queer es inestable y promueve la no-pertenencia, se mueve por las fronteras de la

indeterminación, por la hibridación de géneros, va más allá de las etiquetas, y busca la

indefinición o la ambigüedad como herramienta de resistencia a la normalización y a la

heterosexualización de la realidad.



En ese sentido, el queer percibe la realidad desde la subjetividad pero no desde el yo

construido desde el poder, sino desde el nosotros, porque su vocación es siempre ser un

elemento o un fenómeno que aglutine diferentes concepciones del mundo, que esté poblado

por diferentes voces, plurales y diversas, para poder lograr evitar determinismos,

estereotipaciones, repartición de roles, reduccionismos que desarticulan los debates y las

reflexiones conjuntas.



Tan solo su clara vocación colectiva, su reivindicación de los espacios públicos, su toma de

las calles y los muros, muestra su enorme potencial transformador.

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