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TagsRoman Empire Byzantine Empire Franks Barbarian Huns
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LA ALTA
EDAD M E D I A

Rosamond McKitterick

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LA R E L I G I Ó N | 165

Muchos sacerdotes «corrientes», atendiendo a las comunidades ru­
rales muy apartadas de los centros episcopales y monásticos, deben de
haber sufrido tantas penurias como los miembros de su grey. Este par­
ticular grupo no es fácil de entender, ya que el volumen de fuentes escri­
tas de las que ahora dependemos fueron producidas en las com uni­
dades religiosas suficientemente ricas como para convertirse en centros
de escritura y erudición; por eso, sus miembros están en el candelera,
mientras que los sacerdotes rurales permanecen en gran parte en la os­
curidad. Lo que sabemos es que el sacerdocio rural del período altomedieval
era de una variedad desconcertante que todavía aguarda una nueva ex­
ploración. Una estructura parroquial bien definida, con el sacerdote del
pueblo en lo más bajo de una cadena jerárquica de mando encabezada por
el obispo, sólo se materializó completamente después del año c. 1000. In­
tentos anteriores por parte de obispos carolingios de hacerse cargo del
sacerdocio rural revelan que tales sacerdotes se servían en muy diferen­
tes formas y tamaños. Podían ser monjes en órdenes, encargados de una
pequeña fundación monástica (normalmente llamada celia) atendiendo
al «pueblo», bajo la autoridad del abad o de la abadesa, o sacerdotes que
eran los representantes rurales de comunidades canónicas dirigidas por
obispos. Tales sacerdotes podían vivir en gran aislamiento, pero todavía
eran la vanguardia rural de los monasteria, antes que parte de una red fun­
dada de parroquias. Pero también había entonces sacerdotes encargados
de iglesias establecidas por señores seglares o eclesiásticos en sus tierras
privadas. Estos señores, fundadores de sus propias iglesias, permanecían
al mando de su fundación y de sus beneficios — los diezmos obligatorios
y los obsequios voluntarios de los fieles— utilizando estos ingresos como
instrumentos del señorío; a veces sólo un pequeño porcentaje era reser­
vado para el sustento del sacerdote. Tales sacerdotes podían muy bien ser
siervos liberados, reclutados del mismo campesinado que bautizaba y
enterraba; la distancia social entre su grey y ellos era mínima, si es que
existía.

Algunos de los problemas subsiguientes se manifiestan en los llama­
dos capitula episcoporum, directivas expedidas por obispos carolingios
que intentaban disciplinar y «corregir» al clero en su diócesis, y también
en los testimonios manuscritos conservados de manuales para sacerdo­
tes. Estaban implicadas dos cuestiones interconectadas. Los sacerdotes
rurales se convirtieron en objeto de correctio, un programa de reforma in­
tensificado después de la coronación imperial de Carlomagno; significa­
tivamente, las primeras directivas episcopales aparecían poco después del

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año 800. El Imperio cristiano debía tener un sacerdocio digno de su papel
exaltado como ecclesia de Dios: es decir, sacerdotes que atendían el altar
con manos «puras», limpias de sexo y sangre; además, todos los sacerdotes
debían estar instruidos y debían tener libros adecuados en los que apo­
yarse en sus obligaciones. Ante todo, sin embargo, los obispos se mostraban
inflexibles en que los sacerdotes rurales debieran ascender por encima
de su rebaño, formando parte de un clero con sus propios privilegios y
solidaridades, la categoría más humilde de una jerarquía eclesiástica en­
cabezada por la autoridad episcopal. Así pues, sacerdotes que dependían
económicamente de los señores laicos debían ser llevados de vuelta al re­
dil de la jurisdicción episcopal y canónica. A lo largo del siglo ix, reyes y
obispos cooperaron en esta empresa; algunas de sus instrucciones para la
reforma arrojan alguna luz sobre los apuros de los sacerdotes «corrien­
tes». Como un capitulario promulgado en el año 857 por Carlos el Calvo
expresaba: «Que los sacerdotes y sus sirvientes no sean deshonrados y no
sean azotados ni tampoco expulsados de su iglesia sin el acuerdo de su
obispo».15 Pero también hubo sacerdotes que prosperaron por sí mismos,
transformándose en intermediarios del poder local que causaron a sus obis­
pos muchos dolores de cabeza. El arzobispo Hincmar de Reims (840-882)
tuvo que enfrentarse a un sacerdote que, después de haber atraído las
habladurías maliciosas de su grey a causa de sus relaciones sexuales ilí­
citas, se vio envuelto en una reyerta de borrachos, hiriendo a un villano;
cuando Hincmar suspendió al culpable, pendiente de deposición en un
sínodo provinciano, el hombre desapareció hacia Roma, regresando triun­
falmente con una carta papal que llamaba a Hincmar a capítulo por su­
puestos procedimientos no canónicos.

La pureza sexual era la vanguardia de las estrategias de distinción que
elevaba el sacerdocio rural por encima del laicado alrededor de ellos. En
tiempos de Hincmar, el ideal de celibato sacerdotal ya tenía una larga his­
toria, lo que da la impresión que durante siglos los líderes eclesiásticos lu­
charon una batalla perdida desde el principio. Si a mediados del siglo xi la
reforma «gregoriana» todavía tenía que luchar contra el matrimonio cle­
rical, sacerdotes de épocas precedentes, sin duda, debían de haberse por­
tado mal colectivamente. Este panorama lineal de la historia del celibato
debería descartarse. Como era de esperar, el entusiasmo por la reforma
varió, pero la increíble persistencia del ideal de celibato clerical, hasta

15 Allocutio missi cuiusdam Divionensis (857), cap. 1, A. Boretius y V. Krause (eds.),
M C H C apitu laría II (Hanover, 1897), núm. 267, p. 292.

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ÍNDICE | 333

El renacimiento carolingio 195
El siglo X 204

6 Europa y el ancho mundo 209
Jonathan Shepard

¿Un imperio sin límites? 210
El Mediterráneo como barrera para los viajes Oriente-Occidente 217
Experiencias extracorporales en Oriente y en Occidente 220
La política de supervivencia del Imperio oriental 222
Los relatos bizantinos sobre los «bárbaros»: el foco se estrecha 225
Los cristianos al otro lado del mar: el punto de vista del

obispo Liudprando 228
Opiniones desde los límites: Orosio, Isidoro, Beda 231
Viaj ar y convertir 235
El ámbito de Carlomagno 238
Los límites del Imperio y Otón III 245

Conclusión: hacia el siglo xi
Rosamond McKitterick

253

Bibliografía complementaria 259
Cronología 271
Mapas 293
índice de mapas 307
índice de láminas 309
Lista de colaboradores 311
índice alfabético 313

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