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                            Roberto Blanco Moheno
UN SON QUE CANTA
EN EL RÍO
	DOS VELORIOS
	OTRA BODA FRUSTRADA
	LOS DÍAS DEL RENCOR
		La gran idea
                        
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echando las manos adelante, como quien trata de evitar un choque:
–¡No, no y no, padre! A mí en líos de curas no me mete usted...
Pero el cura, desentendido ya del Tío Tamarindo, que hacía el mártir y fracasaba en

su afán de despertar la atención piadosa de sus amigos, más de don Macario que del
cura, seguía mirando a don Macario. Y cuando pudo digerir la ocurrencia sonrió abier-
tamente, aunque después adquirió la máscara impenetrable que acostumbraba ponerse
en el sermón o en el piadoso chismorreo con las beatas:

–No voy a aplicar la Ley del Talión, amigo mío. Sería pecado, y me refiero a pecado
de inteligencia, no caer en la cuenta de que los tiempos cambian. Pero quiere el más
antiguo, sencillo y estricto sentido de la justicia que el causante de un daño... repare el
dicho daño. Y usted, don Macario –alzó ahora la voz, la hizo un trueno–, usted, y nadie
más que usted, ¡va a resolver este lío!

Don Macario reculó primero, pasmado. Luego, seriamente, como si tuviera entre
manos el problema de su vida, planteó la cuestión:

–Usted sabe que Juárez, padre, peleó por la separación de la Iglesia y el Estado...
–¡A mí su Juárez, don Macario, me hace lo que el viento le hizo a su Juárez! –gritó el

cura, despierto el afán polémico.
–Usted es un funcionario eclesiástico. Yo, civil. Para superar las dificultades cívicas

entre las poblaciones de ambas ciudades he hablado ya con los respectivos presidentes
municipales. Bien. Desde que aquí el Tío Tamarindo, en el asunto de la hija del
gachupín y el precio del pescado, me convirtió en el Alcahuete Municipal, estoy
dedicado a concertar bodas ...

–Entonces, está usted metiéndose en mi jurisdicción –terció el cura.
–No. Concierto bodas convenientes y en servicio de la colectividad. Usted recuerda,

padre, que el Federico, hijo de nuestro presidente municipal, se puso el año pasado de
novio con Gala, la hija del presidente municipal de los apretados...

–¡No voy a recordarlo! ¿Es que usted, a su vez, no recuerda que tuve que intervenir,
a pedimento de la presidenta, para que el señor presidente no medio matara al
muchacho, según decía, "por traidor a la carrera política de su padre"?

–Bueno. Pues cuando llegue su cura en colores, su santo señor Obispo... dígale que
todo está arreglado entre los dos pueblos! Que el hijo del señor presidente municipal de
nuestro puerto va a casarse, en gran ceremonia, con convite a lo largo del río, con la hija
del señor presidente municipal de allá. Y que los dos pueblos serán invitados de honor,
a manera de pública reconciliación...

El cura no hizo caso ya –si alguno había hecho antes– del pobre Tío Tamarindo y sus
encías huérfanas. Cayó, gozoso, en brazos de don Macario:

–¡Amigo, yo sabía, amigo, yo sabía! –Luego pareció cavilar. Se echó atrás. Resopló–
Pero... ¿cómo ha podido usted convencer a tan irreconciliables enemigos?

Don Macario sonrió:
–San Maquiavelo, padre, San Maquiavelo. Le dije a cada uno, con una cara de

conspirador que me daba asco, que el señor gobernador prometía hacer diputado a cada
señor, solamente a uno de ellos, ¿me entiende usted?, si ponían de su parte tan enorme
sacrificio ...

Los dos amigos echaron a andar, rumbo a la calle, sin despedirse, siquiera, del Tío.
Yo los seguí. Entonces el cura se paró a media banqueta:

–Pero ... ¿y cuando hayan sacrificado a sus hijos y resulte que ninguno de ellos sale

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