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LA TRAICION DE LOS INTELECTUALES
cialismo h* atrae, por la doctrina de M arx y su desdén
para la de Proudhon (1). Y ios intelectuales han hablada
con igual lenguaje a los partidos que se combaten en el
interior de una misma'nación: volveos los más fuertes,
iian dicho a uno u otro según su pasión, y elimidad lo
que os estorbe; liberaos de la simpleza que os mueve a
dejar sitio al adversario y establecer coa él un régimen
de justicia y armonía. Y a se sabe la admiración de todo
un ejército de "pensadores" de todos los países hacia
el gobierno italiano que. sencillamente, coloca fuera de
Ja ley a todos sus conciudadanos que ño lo aprueban.
Hasta nuestros días, los educadores del alma humana,
discípulos de Aristóteles, convidaban al hombre a derri­
bar un Estado que fuera una facción organizada; los
alumnos de los señor es~Mussolím y Maurras enseñan
a reverenciar a un Estado asi (2).

La exaltación del “estado - fuerte"'¿e traduce ade­
más en él intelectual moderno por ciertas enseñanzas

(I ) Víase, “RefUxionti sobre la violencia**, capitulo VI: *’ia moralidad de ia violencia". Se noi dirá que la justicia vitupe­
rada por Sorc! es ta justicia de los tribunales. la cual no es. según
¿I, más que uu falsa justicia, una "violencia cchi máscara juridfca".
No vemos cómo una Justicia que fuese una verdadera juslicia tu­
viera ve til ajas af respecto.

{/.) No se subrayará nunca suficientemente, con tal propó­
sito, en ciertos, doctores políticos, una apología de ta intolerancia
hecha con una conciencia y un orgullo de sí misma de ia que hasta
hoy sólo los mandatarios de una religión revelada habían dado ai*
0ún ejemplo; se encontrará un modelo citado por G. Guy-Grand
{“Le Phi’osophie tioítuiMÍUie", p. *17); v¿ase también una de tales
apologías en L. Romicr (Nation ct Civilisaiion, p. ISO).

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que, seguramente, llenarían de asombro a sus antepasa­

dos, al menos a los grandes.

1.a La afirmación dé los derechos dz la costumbre,

de la historia y del pasado {en cuanto, por cierto. con-

sagran los regímenes de fuerza) como oposición ar los de­

rechos de ía razón. Digo, afirmación de Jos derechos de

Ja costumbre; ios tradídonalístas modernos, en efecto, no

enseñan simplemente, como Descartes o Malebranche, que

la costumbre es una casa, a ¿o sumo* bastante buena a

la que es más prudente someterse que oponerse; ense­

ñan que )a costumbre tiene ea si un derecho; el dtvtckoX

que. en consecuencia es la justicia, y no sólo el interés,

el que quiere que se la respete. Las tesis deí "Derecho

histórico" de Alemania sobre Alsacta. del “derecho his­

tórico" de la monarquía francesa, no son posiciones pura­

mente políticas, son también posiciones morales; ellas

pretenden imponerse en nombre de la “sana justicia'*,

de la que, según dicen ellos, sus adversarios tienen una

iílea falsa {]). La justicia determinada por et hecho con­

sumado, he aquí, en verdad, una Jección nueva, sobre

(I) La ciencia moderna ha establecido como medida de la
verdad, no las exigencias deductivas - de su emendamiento, sino la
existencia comprobada del hecho" {Paul Bourget). La "verdad aquí
es evidentemente la verdad moral; * cuanto a la verdad científica,
la frase seria una tautología.' Una vez más. el hecho aqui es úni­
camente aquel que te acomoda a ! « pasiones del autor. Cuando el
señor de HaussonviÜe manifiesta a Bourget que la .democracia es
un “hec!io'\ o rea un hecho inevitable, oye decir que esta crceodn
es un * "prejuicio” y sabe, de repente, que . “las barcas han sido
taclia» ic.uODíit ]¡*s comentes’*. Les revolucionarios no dicen
cosa diversa. ' .

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LA TRAICION DE LOS INTELECTUALES ~~ 223

rígida a Europa y a tocio cuanto subsiste de humanidad

en el mundo- La humanidad francesa es su garantía so-r

berana."

Y sobre todo: «

"La Francia victoriosa quiere recuperar su puesto en

el orden del espíritu, que es c! único orden ‘por ei cual se

ejercita un dominio legítimo."

De ahí la voluntad de fundar (el manifiesto lo sub­

raya):

"La federación intelectual de Europa y. del mundo-

bajo la égida de la Francia victoriosa, centinela de la ci­

vilización”.

La victoria por las armas confiere un derecho de di­

rección en el orden'intelectual, he aqui lo que hoy procla­

man los pensadores franceses. Uno piensa ca los escrito­

res romanos, de quienes dicen descender estos pensado­

res, que tomaron como guia al espirita de la Grecia mili­

tarmente vencida; uno piensa también en loa doctores ale­

manes de 1871 que, también ello*. reclamaban la hegemo­

nía intelectual para su patria “victoriosa” a la que con­

sideraban, también ellos, “custodia de la civilización”

(i)-
Reflexiones semejantes parece que acudieron a la

mente de uno de nuestros grandes escritores cuando se

llevó a cabo la publicación • de este-manifiesto. En una

( I ) "Alemania es Ja protección y el pilar de la civilización"
(Lamprecht). “Después de la guerra, Alemania volverá a su tarca
hl^túiiCct tjue ¿ i ser el curazóti de Europa, y preparar a ü huma­
nidad europea” (Guiilerinü II, ‘Tem ps” del H de set. *915.

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