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de gobierno, del Ejercito o de los poderosos partidos.

En los ültimos días de septiembre de 1.936 se creó en el seno

de la Generalidad de Cataluña el Comisariado de Propaganda que

se encargaría a lo largo de toda la guerra, con mayor fortuna,

no sólo de la producción típica de carteles murales, de la in-

formación gráfica y publicaciones, sino también de todo lo re-

lacionado con el patrimonio artístico y documental y con la

promoción de actividades culturales y de creación artística.

Una forma de cultura de guerra dirigida se desarrolló también,

aunque con un despliegue menos ambicioso, en el Cuartel Gene-

ral de los sublevados en Salamanca, en las últimas semanas de

1.936, con un bastante rudimentario Servicio Nacional de Pren-

sa y Propaganda, que alcanzaría mayor vigor tras la unificación

política y estructuración del Estado Nacional pocos meses más

tarde.

Algunos estudiosos de este período histórico mantienen la opi-

nión de que nada en el ámbito cultural o de la comunicación vi.

sual producido en el período 1936-39 quedó al margen de las

consignas de uno u otro signo. Tal posibilidad no reduce en

absoluto la atracción que para cualquier persona estudiosa, cu

riosa o nostálgica, tiene hoy la variopinta producción intelec

tual materializada en las vistosas piezas que la guerra de Es-

paña nos ha legado como demostración de su vitalidad creativa.

A lo largo de aquellos tres años aparecieron periódicos nuevos

y ambiciosas revistas ilustradas; fueron pegados a todas las

paredes muchos cientos de consignas en forma de geniales o sim

plemente vistosos carteles murales; se publicaron libros en

excelente papel y multitud de folletos artesanales. Octavillas

y pasquines anunciaron, prohibieron, denunciaron o animaron ca

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si todo y fueron repartidos sobre campo propio o lanzados al

del enemigo mediante aeroplanos o cohetes. Se fotografió y fil̂

mó en primera línea de fuego o bajo la lluvia de bombas en el

cemento urbano. Fueron distribuidos diariamente en las trinche

ras camiones rebosantes de periódicos, de folletos, de libros,

... y muchos de aquellos se imprimían allí mismo. Se proyecta-

ron películas en salas convencionales y bajo las estrellas en

verano; se levantó el telón de los teatros ambulantes en cual-

quier plaza de cualquier pueblo o en el claustro de un convento

convertido en hospital de convalecientes. La radio fue escucha

da, no sólo por los afortunados poseedores, poco numerosos, de

tal avance técnico sino en audiciones de grupo a veces multitu-

dinarias. En los frentes de combate, los altavoces de campaña

se encargaron de mantener la guerra del sonido mezclando en diá

logos que se intercambiaban de uno a otro parapeto, las llama-

das a la deserción, la información escabrosa y la música pegadi^

za, nostálgica o rabiosamente politizada.

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